Moisei Ostrogorski · 1902 — Cómo los partidos, creados para organizar la voluntad ciudadana, pueden terminar subordinándola a la lógica de su propia maquinaria.
Jurista, politólogo y diplomático de origen ruso. Estudioso de los sistemas democráticos de Gran Bretaña y Estados Unidos a finales del siglo XIX.
Liberalismo democrático, sociología política comparada y teoría clásica de los partidos.
La tensión entre democracia, organización partidista y autonomía política del ciudadano.
Dos volúmenes. El segundo contiene la conclusión donde Ostrogorski formula su crítica más sistemática al sistema de partidos permanentes.
La llegada de la democracia de masas planteó un problema inevitable: si millones de ciudadanos debían intervenir en la política, era necesario organizar su participación. Los partidos cumplían precisamente esa función —coordinaban campañas, reunían electores, seleccionaban candidatos y daban coherencia a preferencias dispersas— pero Ostrogorski advirtió una paradoja profunda: la organización creada para hacer posible la democracia podía terminar restringiendo la libertad política de quienes debía representar.
A partir de un extenso estudio comparado de Gran Bretaña y Estados Unidos, el autor analiza cómo los partidos desarrollan estructuras permanentes, dirigentes profesionales y mecanismos de disciplina capaces de influir tanto en el elector como en el candidato y el representante. El problema aparece cuando esa maquinaria deja de ser un instrumento al servicio de objetivos concretos y adquiere una lógica propia: conquistar el poder, conservarlo y mantener unida a la organización.
Quien controla candidatos, campañas, recursos y estructuras partidistas influye sobre las decisiones colectivas antes de que el ciudadano deposite su voto. El poder democrático no se ejerce únicamente desde las instituciones del Estado; también reside en los mecanismos que organizan la competencia por ocuparlas.
El partido permanente puede terminar convirtiendo su propia existencia en objetivo prioritario. Una organización fundada para defender una causa legítima puede sobrevivir a ella y comenzar a preocuparse ante todo por conservar posiciones, disciplina y poder. La permanencia favorece esa transformación de un medio político en un fin.
Los programas reúnen multitud de cuestiones bajo una misma etiqueta y obligan al elector a aceptar un paquete completo de posiciones. La lógica de la organización permanente presiona hacia la adhesión general, y la identidad partidista corre el riesgo de ocupar el lugar de la deliberación individual.
Frente a partidos permanentes orientados a conquistar el poder, Ostrogorski imagina asociaciones creadas alrededor de cuestiones concretas, disueltas una vez alcanzado su objetivo. Los ciudadanos podrían coincidir en una causa y separarse en otra, formando nuevas combinaciones conforme cambiaran los problemas públicos.
Orientados a conquistar y mantener el poder como objetivo propio
Disciplina interna que presiona hacia la adhesión uniforme
Programas que agrupan múltiples cuestiones bajo una sola etiqueta
Tendencia a sobrevivir a las causas que les dieron origen
Creadas alrededor de objetivos concretos y acotados
Destinadas a desaparecer cuando el objetivo que justifica su existencia se cumple
Permiten combinaciones variables según los problemas del momento
Preservan la autonomía de juicio del ciudadano en cada cuestión
El propósito último de esta propuesta es hacer del ciudadano un participante menos pasivo: no se trata simplemente de movilizarlo más, sino de llevarlo a decidir por sí mismo, examinando cada cuestión sin entregar de antemano su voluntad a una organización permanente..
«En cuanto un partido se perpetúa, tiende inevitablemente hacia el poder.»
— Moisei Ostrogorski, La Democracia y los partidos políticos
Esta sentencia condensa el núcleo de la tesis ostrogorskiana: la perpetuación organizativa transforma los medios en fines y compromete la representación genuina.
Más de un siglo después, resulta difícil imaginar la democracia representativa sin partidos. Y precisamente ahí reside la fuerza de Ostrogorski: no necesitamos aceptar que los partidos sean prescindibles para reconocer los problemas que identifica. Su análisis ayuda a comprender por qué una democracia puede conservar elecciones competitivas y, sin embargo, generar ciudadanos que sienten que las alternativas llegan previamente seleccionadas por organizaciones sobre las que tienen poco control.
Su diagnóstico adquiere todavía mayor interés en una época de fuerte polarización. Cuando la pertenencia política se convierte en identidad, resulta fácil comenzar a defender o rechazar una propuesta según el partido o dirigente que la formule, y no según su contenido. Ostrogorski nos obliga entonces a recuperar una pregunta elemental: ¿seguimos pensando políticamente o simplemente hemos aprendido a ser fieles a un bando?
Las dirigencias partidistas concentran la selección de candidatos, reduciendo el margen de incidencia real del electorado sobre quién puede aspirar a representarlo. El filtro organizativo precede al filtro democrático.
Los legisladores y representantes electos se ven sometidos a una disciplina partidista que puede limitar su capacidad de votar conforme a su propio juicio o al mandato directo de sus electores.
Cuando la identidad partidista reemplaza a la deliberación, los ciudadanos dejan de evaluar propuestas por su contenido y comienzan a hacerlo por el origen: quién las formula y a qué bando pertenece quien las defiende.
Sí, porque Ostrogorski obliga a mirar la democracia más allá de las elecciones. Su pregunta no es únicamente quién obtiene el poder, sino qué ocurre con nuestra autonomía mientras nos organizamos para disputarlo. Su advertencia sigue siendo incómoda: las instituciones creadas para representar nuestras ideas pueden terminar diciéndonos cuáles deben ser nuestras ideas.
Sus asociaciones temporales tampoco ofrecen una solución sencilla. Pero anticipan una cuestión muy contemporánea: si desconfiamos de las organizaciones tradicionales y creamos nuevos movimientos ciudadanos, ¿cómo impedir que esas nuevas organizaciones terminen reproduciendo las mismas jerarquías, intereses y mecanismos de disciplina que tanto criticamos?
Dos volúmenes densos, con un análisis empírico extenso de casos británicos y estadounidenses.
Sus diagnósticos resuenan con la política contemporánea de partidos, polarización y crisis de representación.
Ideal para quienes desean examinar la democracia desde sus tensiones internas, no solo desde sus virtudes.
Si te interesa seguir explorando las grandes ideas que han dado forma a la política y al ejercicio del poder, te invitamos a visitar la sección «50 clásicos para entender el poder» en Apuntes críticos: notas para entender el poder. Cada entrega revisa una obra fundamental del pensamiento político con el mismo rigor analítico y voluntad de hacer accesibles ideas que siguen siendo indispensables.
Ostrogorski es solo uno de los muchos autores que nos obligan a mirar con más cuidado las instituciones que damos por sentadas. Seguir leyendo es también una forma de conservar ese espacio propio de juicio que él tanto valoraba.