Marsilio de Padua · Siglo XIV — Una de las impugnaciones más vigorosas del poder papal en toda la Edad Media y una teoría fundacional del legislador humano.
Filósofo y teólogo medieval nacido en Padua hacia 1275. Rector de la Universidad de París, vivió en el corazón del conflicto entre el papa Juan XXII y el emperador Luis de Baviera, lo que le llevó a redactar su obra más célebre.

Marsilio de Padua escribió Defensor pacis en uno de los momentos más tensos de la cristiandad medieval, cuando el papa Juan XXII y el emperador Luis de Baviera disputaban autoridad, obediencia y legitimidad. La pregunta que atraviesa el libro es tan simple como decisiva: ¿por qué las comunidades humanas, que necesitan orden para vivir bien, terminan atrapadas en conflictos persistentes?
La respuesta apunta a una causa muy precisa: la pretensión del pontífice romano de ejercer una plenitud de poder que rebasa el terreno espiritual e invade el ámbito temporal. Para Marsilio, una ciudad o un reino no pueden conservar la tranquilidad si existe una autoridad eclesiástica que pretende intervenir en leyes, jurisdicción, castigos, nombramientos o decisiones propiamente civiles.
El argumento general del libro es que la ley, en sentido propio, sólo existe cuando procede del legislador humano y lleva consigo fuerza coactiva. Defensor pacis se articula en tres momentos fundamentales que construyen, paso a paso, una impugnación sistemática del poder papal.
Parte político-filosófica. Establece la teoría del Estado, la ley y el legislador humano con fundamento aristotélico.
Parte teológico-eclesiástica. Critica la jurisdicción coercitiva del papado apoyándose en la Escritura y la tradición cristiana.
Recapitulación conclusiva. Sintetiza las cuarenta y dos conclusiones principales derivadas del análisis precedente.
La ley no es un consejo moral ni un mandato religioso, sino un precepto humano dotado de fuerza obligatoria para la vida común. Sólo hay ley en sentido estricto cuando existe una autoridad capaz de establecerla y hacerla cumplir. La política necesita reglas claras y coactivas, no exhortaciones vagas ni pretensiones sagradas difusas.
El verdadero legislador no es un individuo aislado, sino el conjunto de los ciudadanos o su parte prevalente. Marsilio desplaza el origen de la ley desde una autoridad sacralizada hacia la comunidad política misma. El poder legítimo no descansa en la voluntad del gobernante, sino en una instancia colectiva que decide en función del bien común.
El poder espiritual abarca la enseñanza de la fe, la corrección doctrinal y la vida religiosa. El poder temporal es el único que posee jurisdicción coactiva en este mundo. Cuando los sacerdotes pretenden gobernar ciudades o imponer sanciones civiles, se produce una confusión destructiva. Cristo no ejerció dominio político, y esa renuncia debería limitar las ambiciones de sus sucesores.

Marsilio reduce drásticamente el alcance del primado papal y otorga un papel mucho mayor al concilio general de la Iglesia. Las cuestiones graves de la comunidad cristiana no deben quedar entregadas al papa como voluntad aislada, sino ser tratadas en una instancia más amplia y representativa.
Incluso en ese marco conciliar, el orden temporal conserva un papel decisivo: la comunidad política sigue siendo la que dispone del poder coercitivo y de la capacidad de garantizar el orden externo. La jurisdicción sobre los cuerpos, los bienes y el gobierno civil pertenece al poder secular, no a ninguna autoridad eclesiástica, por elevada que sea su dignidad espiritual.
"La autoridad para dar o instituir leyes y para dar precepto coactivo de guardarlas pertenece únicamente a la totalidad de los ciudadanos o a su parte prevalente."
— Marsilio de Padua, Defensor pacis (1324)
Con esto, Marsilio está diciendo que la ley legítima no puede venir de un rey, un papa o cualquier individuo aislado: solo es verdadera ley aquella que emana de la comunidad política en su conjunto —o al menos de su mayoría representativa.
Hay dos elementos clave en la frase:
- "Precepto coactivo": la ley no es un consejo ni una recomendación moral; es una norma que se puede imponer por la fuerza. Sin esa capacidad coercitiva, no hay ley en sentido estricto.
- "Totalidad de los ciudadanos o su parte prevalente": el origen del poder legislativo es colectivo y humano, no divino ni personal.
Defensor pacis vuelve sobre una interrogante que no ha desaparecido: ¿de dónde obtiene legitimidad el poder que manda y castiga? En tiempos de crisis de representación y desconfianza institucional, la insistencia de Marsilio en el legislador humano, común y reconocible, conserva una fuerza notable. Ninguna autoridad puede aspirar a obediencia estable si no descansa en una base colectiva.
La crítica al papado medieval puede leerse hoy, en sentido más amplio, como una advertencia contra cualquier poder no electo o no responsable que pretenda condicionar la vida pública sin asumir la carga de la representación. Allí donde fuerzas religiosas, económicas, mediáticas o burocráticas se colocan por encima de la comunidad política, la pregunta de Marsilio vuelve a aparecer con toda su pertinencia.
La obra vincula la paz no con la ausencia de conflicto, sino con la buena organización del poder. La tranquilidad civil es el resultado de una comunidad en la que cada parte cumple su función y la autoridad está suficientemente delimitada. En una época marcada por polarización y disputa permanente por la legitimidad, esa intuición sigue siendo profundamente fértil.

En Defensor pacis, la ley coactiva solo es válida si procede de un legislador humano, es decir, de la comunidad política considerada en su conjunto o en su parte prevalente. A partir de ahí, Marsilio establece la dualidad de poderes para delimitar con precisión la jurisdicción temporal y la espiritual, evitando que una instancia invada la competencia de la otra. Esa separación conduce al primado conciliar: si el papa no concentra una potestad coactiva propia sobre la comunidad, debe quedar subordinado al concilio general como órgano representativo de la Iglesia. El encadenamiento de estos principios define un sistema en el que la legitimidad nace abajo, se distribuye entre esferas distintas y se somete a control institucional. El desenlace lógico es la paz civil, entendida no como simple ausencia de conflicto, sino como un orden bien organizado, con autoridad delimitada, obediencia regulada y unidad política preservada.
Defensor pacis no es sólo una obra medieval sobre querellas entre papas y emperadores; es un libro que obliga a pensar qué poder aceptamos obedecer, por qué lo aceptamos y bajo qué límites. Leer a Marsilio hoy es volver a una pregunta incómoda pero indispensable: si la paz depende de un orden común, ¿quién tiene derecho a establecerlo?
En una época que invoca constantemente la democracia pero a menudo vacía su sentido, Marsilio devuelve al centro el problema decisivo de toda política: quién legisla, con qué autoridad y para beneficio de quién. Su respuesta —la comunidad política, con base humana y colectiva— no ha envejecido. Ha madurado.

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