San Agustín de Hipona · Una de las obras más monumentales del pensamiento cristiano y político de todos los tiempos
San Agustín de Hipona
413 – 426 d. C.
Pensamiento cristiano tardoantiguo
La contraposición entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios; el sentido de la historia y los límites del poder humano
La ciudad de Dios es una de las obras más monumentales del pensamiento cristiano y, al mismo tiempo, uno de los textos más importantes para pensar el poder, la historia y la fragilidad de los órdenes políticos. San Agustín la escribe en un momento de profunda conmoción para el mundo romano: después del saqueo de Roma en 410, cuando muchos paganos acusaban al cristianismo de haber debilitado al Imperio. Pero el libro trasciende esa polémica inmediata para construir una reflexión inmensa sobre el destino humano, la justicia, la paz y el lugar que ocupa la política dentro de una visión más amplia del mundo.
El problema político que aborda no es únicamente el de Roma ni el de un régimen particular. Es una pregunta mucho más profunda: ¿qué puede ofrecer realmente la comunidad política y qué no puede ofrecer? Agustín reconoce que la vida común, el orden y la paz civil tienen valor; pero niega que cualquier poder terreno pueda convertirse en el bien supremo. Ningún imperio es eterno, ninguna ciudad histórica puede confundirse con la salvación, y ninguna grandeza política basta por sí sola para fundar la justicia verdadera.
La estructura argumentativa de La ciudad de Dios se despliega en dos amplios movimientos que recorren sus veintidós libros y abarcan siglos de historia, teología y filosofía política.
En los primeros libros, Agustín polemiza contra quienes atribuían a los dioses paganos la antigua grandeza de Roma o culpaban a la fe cristiana de su decadencia. Desmonta, con rigor histórico y filosófico, la mitología política que rodeaba al Imperio.
En los libros posteriores desarrolla su gran argumento: la historia humana no puede entenderse sólo como sucesión de imperios, victorias o derrotas, sino como el despliegue de dos ciudades —dos comunidades espirituales formadas por dos amores distintos— mezcladas en el tiempo e inseparables hasta el fin.
Agustín no habla simplemente de dos gobiernos o dos instituciones visibles, sino de dos formas de orientación humana. La ciudad terrena y la ciudad celeste se distinguen por aquello que aman. Esa diferencia no es superficial: define la manera en que los hombres se relacionan con el poder, con la gloria, con la obediencia y con el sentido último de la vida.
Ambas ciudades están entretejidas en la historia y sólo serán plenamente separadas al final de los tiempos.
Nace del amor desordenado de sí mismo, hasta el desprecio de Dios. Busca la gloria, el dominio y la paz provisional fundada en el poder coercitivo.
Nace del amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo. Orienta todas las cosas hacia un fin trascendente y una paz que ningún poder terreno puede otorgar.
Agustín no niega que Roma haya tenido fuerza, organización o capacidad de mando; lo que discute es que esa grandeza equivalga a verdadera justicia. Su reflexión desmonta la admiración automática por el poder victorioso. Un reino puede dominar, conquistar y durar, y aun así estar moralmente desordenado.
Frente a la idea de que el sentido del mundo se juega por completo en el ascenso y caída de los Estados, Agustín propone una lectura providencial. La historia humana tiene un desarrollo definido no por la gloria de los imperios, sino por la tensión entre las dos ciudades: un escenario atravesado por el conflicto, el pecado, la ambición y la esperanza.
Agustín valora la paz civil y no la desprecia; sabe que toda comunidad humana la necesita. Pero distingue entre esa paz relativa y la paz plena, que ninguna organización política puede garantizar. La política puede ordenar, contener, administrar y preservar; no puede redimir.
"Por consiguiente, dos amores construyeron dos ciudades: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celeste."
— La ciudad de Dios, XIV, 28
Este pasaje condensa el núcleo de toda la arquitectura filosófica y teológica de la obra. Para Agustín, la pregunta fundamental sobre el poder no es quién vence o quién domina, sino qué ama quien ejerce ese poder y hacia dónde orienta a la comunidad que gobierna.
Uno de los pasajes más duros y más citados de toda la obra es aquel en que Agustín plantea la pregunta radical sobre los fundamentos morales del poder político. No se trata de un aforismo retórico, sino de una consecuencia lógica de su argumento central: si la justicia es el criterio que distingue una comunidad política legítima de una mera asociación para el saqueo, entonces su ausencia colapsa esa distinción.
Esta afirmación escandalizó a sus contemporáneos —como sigue incomodando hoy— porque niega que el éxito, la expansión o la estabilidad sean, por sí mismos, signos de legitimidad. Un Imperio puede ser grande en poder y pequeño en justicia. La grandeza y la rectitud no son la misma cosa, y confundirlas es la trampa más antigua del pensamiento político.
Cada época genera sus propias promesas de salvación política: imperios, ideologías, liderazgos carismáticos, nacionalismos, proyectos que se anuncian como definitivos. San Agustín recuerda que todo poder humano es limitado, transitorio y moralmente vulnerable.
Enseña a desconfiar de los poderes que se presentan como absolutos. Ningún régimen histórico puede reclamar para sí el lugar de lo eterno ni confundirse con la salvación colectiva.
En un mundo que suele admirar al que vence, Agustín introduce una pregunta incómoda: ¿puede llamarse grande una comunidad política si carece de justicia? Esa duda atraviesa nuestros debates actuales sobre legitimidad e instituciones.
Hay una gran lucidez en reconocer que el éxito de un gobierno no agota las necesidades humanas. La vida colectiva requiere orden, sí, pero también un criterio moral que permita juzgar ese orden.
En tiempos de desencanto, polarización y culto al poder eficaz, La ciudad de Dios sigue siendo una advertencia contra la fascinación irreflexiva por quienes prometen orden sin justicia.
Sí, vale mucho la pena. No porque ofrezca recetas inmediatas para los problemas actuales, sino porque enseña algo más profundo: a mirar el poder sin fascinación ingenua, a medir la distancia entre grandeza y justicia, y a recordar que ninguna ciudad histórica puede reclamar para sí el lugar de lo eterno.
Leer a San Agustín hoy sigue siendo una forma de ganar profundidad frente a los ídolos políticos de cualquier tiempo. Su obra no es fácil, pero es generosa: cada capítulo ofrece un ángulo nuevo para pensar la política, la historia, la moral y el sentido de la vida colectiva. Para el lector universitario, es un texto que amplía el horizonte conceptual mucho más allá de lo que cualquier manual de ciencia política podría ofrecer.
Para quien desee adentrarse en la obra completa, la traducción de Rosa María Marina Sáez en la Biblioteca Clásica Gredos es hoy la referencia de mayor rigor filológico disponible en español. La edición se distribuye en tres volúmenes que cubren la obra íntegra:
Biblioteca Clásica Gredos, Vol. 364 · 2007
La refutación del paganismo y la crítica a la religión romana como sostén del Imperio.
Biblioteca Clásica Gredos, Vol. 405 · 2012
La filosofía de la historia y el desarrollo de la doctrina de las dos ciudades.
Biblioteca Clásica Gredos, Vol. 416 · 2020
La escatología, el destino de las dos ciudades y la reflexión sobre la eternidad.
Trad.: R. M. Marina Sáez · Editorial Gredos, Madrid.
Si te interesa seguir explorando las grandes ideas que han dado forma a la política y al ejercicio del poder, te invitamos a visitar la serie completa en Apuntes críticos: notas para entender el poder, donde se revisan algunas de las obras más influyentes de la historia del pensamiento político, desde la Antigüedad hasta el presente.
Cada entrega de la serie analiza una obra clásica en su contexto histórico, extrae sus ideas centrales y las pone en conversación con los debates contemporáneos sobre poder, legitimidad, justicia e instituciones.
La serie está pensada para quienes desean acercarse a los grandes textos políticos sin perder de vista su relevancia actual: una herramienta de formación intelectual rigurosa y accesible.